Acababa de terminar su almuerzo cuando el teléfono le gritó al oído. Era ella y lo sabía desde antes de contestar; era ella para decirle lo que tantas veces le había dicho los martes en la tarde, y que no se cansaba de escuchar. "La casa está sola", dijo la voz en el teléfono, "¿qué pasa que no estás aquí conmigo?".
En el bus camino a verla el corazón le latía tan fuerte que podía sentirlo en la cabeza y entre sus piernas. La fantaseaba en su uniforme de colegiala, viéndose como una niña, actuando como una puta, solo para él. Le encantaban sus ojos, sus labios carnosos, sus senos, su cabello enmarañado y el olor de su cuello, pero le gustaba aun mas que fuera tan ambigua, tan impredecible, tan violenta y tan tierna, tan romántica y tan apasionada al mismo tiempo. Y fue suficiente de fantasías. No quería que su deseo fuera notorio a la hora de levantarse.
Lo recibió desarreglada, con el uniforme a medio soltar, y con un beso violento que no pudo sino contrarrestar con otro mas fuerte. El corazón se le aceleraba, y podía sentir como la respiración de ella se hacía una especie de jadeo repetitivo, cosa que lo exitaba aun mas. "Tengo un regalo para tí", dijo ella, y le guió la mano hasta debajo de su falda. No llevaba ropa interior y estaba totalmente húmeda. Ella sabía como volverlo loco. Ese tipo de detalles habría enloquecido a cualquiera.
La tiró a la cama y metió la cabeza bajo su falda porque no pudo aguantar el deseo de recorrer con la lengua aquello que a su tacto se había sentido tan agradable. No era la primera vez que lo hacía, pero aquella, como todas las anteriores ocasiones, se enloqueció al escucharla gemir y al sentirla temblar a causa del placer. Al cabo de un rato le dijo "detente", y una sonrisa en sus labios le reveló que había sido suficiente. Era el turno de ella.
Ella tenía la boca perfecta, y seguro sabía como utilizarla. Cada que ella le devolvía los favores orales recibidos, él no podía evitar pensar que era un hombre afortunado. Ella gemía mientras lo hacía, y lo hacía gemir a él. En esas estaban cuando sin darse cuenta, la poca ropa que a ambos les quedaba voló por los aires, y se vieron de repente uno frente al otro.
Bastó con que se mirasen a los ojos para saber lo que querían y que lo querían en ese preciso instante. Sí, es cierto que no era la noche romántica en la que sus cuerpos desnudos eran iluminados por velas, escuchaban Serrat, y podían escuchar el golpeteo de la lluvia en las ventanas; pero era un momento solo para los dos y en el que nada mas importaba. Se amaban y lo sabían, se deseaban y lo sentían, ¿y de que habría valido esperar mas?. 16 años ella. 19 años él. Y ninguno sabía lo que hacía. Pero querían. Dios sabe que querían.
La torpeza de su combinada inexperiencia aumentó el deseo y los hizo reir como idiotas. "¿Dónde?", "mas abajo", "¿aquí?", "creo", "¿te duele?", "si", "¿dónde estoy?", "no se". Probablemente fueron un par de minutos, pero se sintieron como horas. En últimas y después de muchos intentos frustrados, decidieron probar otra pocisión, ella encima, el abajo.
Fue mucho mas fácil así, bastaron unos cuantos segundos y un par de instrucciones para que un gemido seco y un angelical "¡hijueputa!" de ella, le revelaran que algo le había dolido, que ya no estaba mas afuera, y que debían manejar las cosas con mas cuidado. Se miraron a los ojos con cara de "esto es, no hay vuelta atrás, llevamos mas de un año queriendo esto, y lo haremos juntos". Y con la paciencia de un martir, con una calma milenaria, ella fue dejándose caer al abismo, y el tranquilizándola con caricias, con miradas de complicidad, y con "te amos".
No fue sino entrar completamente y escucharla dejar escapar un grito mezcla de dolor y placer para que pensara que todos los que decían que la primera vez era aburrida debían haber estado drogados. La mujer que amaba estaba desnuda sobre él, adolorida y excitada, y el estaba al mismo tiempo debajo y dentro, en el lugar que en ese momento no podía sino parecerle el sitio mas agradable de la tierra. Se miraron a los ojos, compartieron una mirada tan romántica como lujuriosa, se dijeron te amo, se dieron un beso, y empezaron a moverse. Lenta, lenta, muy lentamente.
Le dolía y se le notaba. No pasaron mas de dos minutos antes de que le dijera que no podía mas, que era dificil para ella. "Detente, dejemos así, dejemos hasta aquí. Lo que tenemos son oportunidades", le dijo él, y ella se retiró, soltando un suspiro de alivio. Había sangrado. Al darse cuenta lo miró apenada y le pidió disculpas. El se levantó, la abrazó, le besó la frente y le susurró al oído que la amaba. Y fue suficiente.
Aprovecharon muchos otros martes. Y luego fines de semana, y muchos jueves, y a veces hasta lunes, aun con gente en la casa. Se descararon, aprovecharon, disfrutaron, y compartieron cientos de orgasmos. Por azares del destino, del deseo y del amor, un día de agosto se dieron un ultimo beso, y se separaron para nunca mas verse.
Hoy él la recuerda con nostalgia. "El primer amor no se olvida", dicen, y la primera vez tampoco.
Y se pregunta si en algun lado, todos los 11 de septiembre ella ve los videos aburridos en los que dos aviones tumbaron unas torres en alguna parte del mundo, y recuerda que ese mismo día, mientras muchos repudiaban actos de odio, dos enamorados celebraban el amor.
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