martes, octubre 17, 2006

Fijación.

Tuve la noche mas extraña anoche.

Estuve todo el tiempo, entre dormido y despierto, escuchando tu respiración acelerada, sintiéndote moverte, acercándome disimuladamente a tí para calentar mi cuerpo con el tuyo.

No te amo. Te quiero como puede quererse a una rosa blanca bañada en lágrimas de inocencia. Te quiero como a una hermana, como a una niña, como a un ocaso desapercibido por la jungla de azfalto. Te quiero porque me derrite tu ternura, porque me vuelves vulnerable, porque encontraste una puerta trasera a mi parte mas sensible, a la verdadera, a la que escondo tras la sensibilidad fríamente calculada que muestro a aquellos en quienes confío.

Pero no eres mi hermana, ni una niña. Eres una mujer, y no puedo negar que eres atractiva. Y por la única y sencilla razón de que no puedo tocarte, he desarrollado una perversa fascinación a tu cuerpo. Haces que todo retumbe en los rincones mas oscuros de mi alma. Te lo confieso, dame una señal, una palabra, una caricia, una mirada en el momento menos oportuno, y no habrá poder humano que me detenga.

No me averguenza. Te deseo por instinto, desde las partes mas primitivas de mi mente, te deseo por ser mujer, por ser tan inocente, y por ser completa y absolutamente intocable. Pero por sobre todas las cosas, te deseo porque me deseas, por ser hombre, por no ser tan inocente, y por ser intocable también para tí. ¿Crees que no me he dado cuenta?

Dame otra noche como la de anoche. Bésame sin besarme, tócame sin tocarme, tengamos sexo entre dormidos y despiertos, se mía en los momentos de insomnio, en las noches fugaces que se esconden bajo las sábanas. No sientas culpa por haber gemido cuando toqué tus muslos. Es naturaleza humana, cruda, violenta, monstruosa. Se mía sin serlo. No necesito tocarte.

Me basta tu deseo.